28 junio 2013

Promesas de sangre. Cap. 1

Capítulo 1. Mi felicidad al verte.


Eran las 7:30 de la noche. La página de la aerolínea confirmaba una transacción exitosa. El vuelo a Guadalajara había sido comprado y era cosa de esperar un mes para que él por fin la conociera.
Tomó su teléfono y le mandó un mensaje para avisarle que todo había salido bien y nada más faltaba esperar el día. 
—Nena, ¡adivina!, acabo de comprar las boletos. Falta poquito para vernos —dijo con una sonrisa dibujada en su rostro.
Ella no respondió en el momento porque seguramente no lo había visto en ese instante, pero en cuanto lo hiciera, no había duda de que le iba a responder con tanta felicidad como era de esperarse. 

Bajó la tapa de la computadora, entrelazó sus propias manos llevándolas a su mentón y Gustavo comenzó a imaginar el momento en que sus cuerpos se fusionarían en un abrazo tan cálido y tan anhelado desde hace mucho tiempo. Él cerró los ojos y pensó en aquella promesa que le había hecho cierta noche, aquella promesa que se veía obligado a cumplir no porque su palabra estuviera en juego sino porque era algo que necesitaba sentir.
Comía un sandwich de atún acompañado de un jugo de arándano cuando ella, Clarissa, le marcaba al teléfono; seguramente para que le contara más detalles acerca de la hora del vuelo y del día en que se conocerían en persona. Y así fue. Pasaron un rato en el teléfono sin fastidiarse en ningún momento.

La relación llevaba ya casi 4 meses, y aunque para ellos les resultaba poco tiempo, en realidad para ese entonces ya habían compartido demasiadas cosas, cosas que fortalecía los lazos de esa relación. Secretos, confesiones, declaraciones, extensas pláticas, fotografías, alegrías, tristezas, ilusiones... todo, absolutamente todo se compartían; por ello la urgente necesidad de verse lo antes posible para estar juntos y comprobar que eso que sentían a lo lejos no se iba a comparar con lo que sentirían al tocarse, al verse de frente, al estar uno junto del otro.

Los días pasaban y con la idea de que pronto se verían, comenzaron a sufrir de nervios y estrés. ¿Quién los pudiera culpar? No eran los mismo nervios que se experimenta justo antes de presentar un examen. O los nervios de esperar el día que sale a la venta el nuevo disco de tu artista favorito. Ni siquiera se parecía a los nervios que se dan al ver a tu equipo de fútbol jugarse una final. 

Las pláticas por Internet de cada noche nunca faltaban, y bajo cualquier pretexto sacaban a relucir las horas que restaban para verse y divertirse juntos. Era común que se quedaran viendo el uno al otro, recostados en sus camas, hasta quedarse dormidos con las computadoras encendidas y entresoñándose a detalle.

Para Gustavo sería su primera vez en Guadalajara, y aunque había escuchado que era una de las ciudades más bonitas del país y con muchísimos lugares por visitar, lo único que él quería era pasar todo el tiempo a su lado. Ella tampoco tenía muchas intenciones de llevarlo a conocer toda la localidad; lo único que Clarissa deseaba era que la conociera más a ella y por supuesto, ella conocerlo a él.

Unas pocas semanas después, con maletas listas y con el temple en las manos de un enfermo de mal de Parkinson, Gustavo se dirigía al aeropuerto para cumplir uno de sus más recientes sueños. En el camino iba mensajeando con ella para indicarle que estaba a punto de partir hacia su destino. 
Llegó la hora de abordar y ambos se despedían como si no se fueran a ver en escasas 3 horas.
Mientras ella veía por la ventana los aviones aterrizar, se preguntaba si en cada uno que descendía se encontraría él. Luego de hora y media de esperar desde que llegó a la terminal aérea, por fin se aproximaba el gran momento.

Ambos se vieron a lo lejos y se reconocieron de inmediato. Los pasos que daban parecían ser insuficientes y no quedaba más que apurar la marcha. Mientras se acercaban, la gente que pasaba a su alrededor no imaginaba lo que ellos particularmente sentían. No podrían siquiera pensar un poco lo que para esas dos personas significaba ese encuentro.
Cuando finalmente pudieron estar frente a frente fue muy notoria la reacción de aquellos enamorados, pues en sus ojos se veía algo más que un brillo; y en sus miradas, se reflejaba algo más que la ilusión que antes figuraba en sus mentes. Ahora todo era una realidad.

Ella fue quien lanzó la primera palabra, y aunque su lengua estaba un poco paralizada y medio entumida, logró articular.

—Hola, Gustavo —le dijo con una sonrisa muy tímida.
—Hola, Clarissa. Te prometí que me verías y aquí estoy —le contestó con una mirada determinante hacia los ojos.

Sin que pase demasiado tiempo sabían que la mejor manera de romper el hielo era dándose un abrazo que hiciera válida toda esperanza antes forjada. Y así lo hicieron. Las palabras en ese momento no eran muy fluidas pero las ganas de estar juntos sí, por lo que con el puro lenguaje de las miradas bastó para que se impulsaran y estiraran los brazos y se dejaran envolver por esa calidez que antes sólo había sido imaginada.

Cuando ya se les estaba despejando poco a poco el nervio y la timidez, comenzaron a hablar de diversos temas que ni siquiera lograban terminar cuando ya comenzaban otro.
Estando en su auto ella le preguntó, '¿y ahora qué?', a lo que el otro le dijo que primero fueran a comer porque después de tanta emoción su estómago le estaba cobrando la factura. Así que ella lo llevó a comer a uno de los restaurantes que con mayor frecuencia acudía con la intención de darle a probar la gastronomía de su tierra natal. 

Estando en la entrada del restaurante les preguntaron para cuantas personas sería la mesa, a lo que él respondió que para dos, e inmediatamente volteó su mirada hacia ella y le sonrió de una manera que se puso un poco nerviosa.
Mientras decidían que era lo que iban a ordenar, el teléfono de él sonó y llamó su atención. Revisó, y un mensaje de texto esperaba que fuera leído. Abrió el mensaje y este decía '¿Llegaste bien?'. No creyó que fuera importante responder de inmediato porque su atención se centraba enteramente en Clarissa.
Hablaron por más de 3 horas en esa mesa. Se dijeron tantas cosas, que curiosamente eran las mismas que siempre se decían, con la diferencia que ahora se estaban viendo las expresiones faciales y los ademanes que hacían al platicar. Cuando creyeron que era prudente salir de ese lugar antes de que los corrieran por ocupar la mesa como banca de parque, optaron por ir a caminar porque estaba en su mejor punto el atardecer. 
En un momento de silencio incómodo porque se agotaban ya los temas de conversación, Gustavo sacó su teléfono para responder ese mensaje que tenía pendiente. 'Sí, gracias. En cuanto me desocupe te llamo'—le contestó fríamente a esa persona.
Sus miradas se atrajeron nuevamente y esas sonrisas tontas surgieron en sus rostros mientras él tomó su mano y le dio un beso en la mejilla diciéndole lo mucho que estaba feliz de estar con ella.



Continuará...

17 junio 2013

Comentarios inapropiados


El viernes pasado que me iba retirando de la oficina, estaba acompañado de una compañera que justo salía al mismo tiempo que yo. La plática era de lo más mundana posible porque, ya saben, era viernes.
En la oficina sólo quedaba la compañera que les comento y la señora del aseo, Margarita. 
Me dirigía rumbo a la puerta que me prometía dos muy cortos pero muy merecidos días de descanso y yo me dejaba arrastrar por esa innegable y suculenta tentación. Ya a escasos pasos de retirarme del lugar, volteé hacia una de las oficinas y ahí estaba ella, la señora de la limpieza, con la mirada fija hacia el piso como si un agujero negro se estuviera devorando su mentalidad y su ser. En un acto totalmente robótico y repetitivo ella tallaba y lustraba el piso con las mismas ganas y el mismo entusiasmo con el que yo me levanto de la cama por las mañanas. En ese momento no hubo mucho tiempo de analizar la escena, ni tampoco me andaba fijando en su ilustrativa manera de hacer su trabajo; lo que yo deseaba en realidad era ya salir de ese lugar. Lo siguiente que hice en un reflejo totalmente natural fue despedirme de ella y dije lo siguiente:

Nos vemos, Margarita. ¡Descansa!  

Para entender mejor la situación se los haré de manera más gráfica.



Al salir por el pasillo del edificio, mi compañera, que salió junto conmigo, iba riéndose a carcajadas y burlándose de lo que yo le había dicho a la pobre señora.
El momento se me hizo muy incómodo porque yo no sabía si se burlaba del hecho o de mí.

Verán, ella alegaba que mi comentario sonó en tono sarcástico (como si yo fuera una persona sarcástica, háganme el chingado favor, cof cof) y burlesco. Pero créanme que aunque ella tenía mucha razón en suponer que así fue porque en verdad yo me burlo de todo lo que se pueda y de todo el que se deje y hasta del que no, en verdad, les juro por lo más sagrado que tengo en esta miserable vida que es el Internet, que en esta ocasión no me intenté mofar de esa persona. Todo lo contrario a lo que mi compañera pensó malamente de mí, en verdad quise sonar amable y cortés porque estaba en un momento de felicidad, júbilo y éxtasis por ser libre durante dos días y sólo quise compartir la emoción. 

Ahora bien, antes de plantear ciertas preguntas, es importante mencionar que la persona de quien hablamos labora en el turno de la tarde por lo que tenía apenas 2 horas de haber entrado a trabajar. También, si es de importancia hacer notar, en el momento en el que yo me despedía de ella, supuestamente la pobre mujer estaba en una pose que indicaba un sufrimiento silencioso y muy doloroso, al menos de alma, a juzgar por su triste semblante, su mirada perdida y sus gotas de sudor que escurrían por su redondo y agitado rostro.

La pregunta es: ¿a ustedes les pareció fuera de lugar mi comentario? ¿me vi como todo un hijo de puta al restregar que ya me iba a disfrutar de mi libertad mientras Margarita iba apenas iniciando su jornada laboral? ¿me vi culero, pues?

Yo considero que únicamente me despedí como me despido de cualquier otro compañero al salir de la oficina. A mi forma de ver, no soné burlón ni mucho menos; pero quizá no estoy siendo objetivo por tratarse de mí. 

Sean serios. Respondan veraz y sinceramente porque necesito quitarme esta duda que desde el viernes no me deja dormir.

08 junio 2013

Touché

No es regular en mí el burlarme de algo o alguien sin antes cerciorarme que estoy completamente seguro y que poseo todo el derecho de hacerlo sin miedo a quedar como un idiota ignorante.
Y a pesar de que en ocasiones nos dejamos llevar por la desinformación, por los memes, y por la euforia del momento, en realidad no hay justificación para burlarse de alguien sin tener fundamentos.

Cuando uno se mofa de alguna persona lo tiene que hacer con la conciencia plena de que es un tarado el objetivo a burlar, de lo contrario, corremos el riesgo de ser humillados, sodomizados y ultrajados por ineptos.

 Es por ello que, a través de este medio, me permito ofrecerle una sincera disculpa a nuestro Señor Presidente de la República, Enrique Peña Nieto, quien en días pasados cometí un atropello en su contra al insinuar que era un estúpido. (Bueno, sí lo es, pero en esa ocasión no lo ameritaba).
 Descubrí que el "Juan Yin, Juan Yin" que le recitó a su homólogo en realidad era un saludo en mandarín de bienvenida que cordialmente le ofrecía.

 Discúlpeme, Señor Presidente, todos podemos cometer errores (y usted bien lo sabe, no se haga). Espero siga teniendo fe en nosotros los mexicanos a pesar de la grilla que siempre le echamos. Pero sobre todo, espero que usted siga siendo muy guapo.

 Moraleja: ¡aprendan, inútiles! antes de burlarse de alguien asegúrense de no terminar burlados ustedes mismos.