18 julio 2013

Promesas de sangre. Cap. 3

Capítulo 3. El amor se acaba y el corazón deja de latir.


Lavó sus manos minuciosamente como si fuera a practicar un trasplante de corazón. Procuraba que el jabón llegara entre sus dedos e incluso puso especial atención en las uñas. Secó sus manos muy tranquilamente y entonces se dirigió a su maleta. Observó el contenido de esta como decidiendo que tomar primero. 
Lo primero que hizo fue abrir un compartimento interior que tenía la maleta del cuál sacó unos guantes de látex que por consiguiente, se colocó. Nuevamente se miró al espejo y se contemplaba así mismo de tal modo que parecía admirarse. Subió las manos a la altura de su rostro y observó lo ajustado que estaba el látex en sus delgados dedos. 
Abrió una bolsa de plástico de donde sacó unas cuerdas de algodón que parecían delgadas pero que en realidad eran bastantes resistentes. Tomó una pañoleta y la enrolló formando una pequeña pelota con ella. También tomó un rollo de cinta industrial que tenía en la misma bolsa. 
Revisó el bolsillo de sus pantalones y extrajo un cuchillo que había robado del restaurante donde habían ido a comer. El cuchillo aún tenía algunas manchas de comida por lo que lo lavó antes de que lo volviera a utilizar. 

Su respiración era muy tranquila. Su mirada desquiciada. Sus intenciones eran crueles. Sus sentimientos eran reales.

Tomó el picaporte y abrió la puerta. No vacilaba en lo que acontinuación iba a hacer.

Ella escuchó el ruido de la puerta abrirse y se irguió en la posición que estaba. Lo único que vio fue la silueta de él que se marcaba por estar a contraluz de la iluminación del baño. Pudo observarlo ahí, parado e inerte sin decir nada. De sus manos colgaban unas cuerdas y eso la confundió bastante. 

—¿Gustavo? ¿Qué pasa? ¿te encuentras bien? —preguntó inocentemente sin saber lo que le esperaba.

Gustavo no cedió una sola palabra pero sí hizo un frío y contundente contacto visual. Apretó los puños y caminó hacia ella de manera pausada y silenciosamente. En cada paso que daba y quedaban marcados sus pies en la alfombra, Clarissa podía sentir la aceleración que en su asustado corazón ocurría. 
Para cuando él estaba en frente de ella, los corazones de ambos estaban a punto de sufrir un paro cardíaco. Uno de emoción y el otro de espanto.

Acercó su mano al rostro de Clarissa y con el dorso de sus dedos le acarició la mejilla. Ella estaba atónita, tratando de darle una explicación a lo que sucedia. Tenía que tratarse de una broma —pensaba. Entonces sintió como las cuerdas ásperas y sucias que él tenía entrelazadas en los dedos de su mano le raspaban la piel. Eso la asustó todavía más.

Apenas intentaba hacer todo tipo de preguntas en cuanto a su comportamiento cuando en un movimiento fugaz Gustavo introdujo a su boca la bola hecha con la pañoleta mientras la empujaba de espaldas a la cama. Un rudo forcejeo se desató entre la pareja, pero indudablemente Gustavo era quien iba a ganar la repentina batalla.
La sujetó por las manos, y con notable experiencia, logró enredar la cuerda en sus muñecas tensándolas hasta que por fin las unió fuertemente. Sentado encima de ella, y haciendo uso de su fuerza, inmovilizó aún más a la que hasta hacía unos instantes juraba dar todo por ella.
Echó su manó hacia atrás para alcanzar la cinta que tenía en el bolsillo de su pantalón y con los dientes la fue despegando hasta cortar un trozo que le pondría en la boca para evitar que Clarissa escupiera el pedazo de tela que le había puesto en la boca.

¡Había logrado lo que necesitaba! Ahí la tenía a su merced. Inmovilizada. Asustada. Frágil.

Sus grandes y hermosos ojos estaban completamente abiertos y llenos de lágrimas ante la impotencia de no poder gritar para pedir ayuda. Rápidamente se le habían hinchado y su maquillaje ya se le había corrido por todo el contorno como si hubiera estado bajo la lluvia por un rato. Su cuerpo comenzó a sucumbir por los estragos del horror que estaba viviendo y una temblorina se apoderó de ella mientras en su cabeza se imaginaba que lo peor estaba por venir. —Y en eso tenía toda la razón—.

Gustavo fue dejando de poner presión en su cuerpo al ver que no le iba dar tanto problema controlarla, pues el miedo ya le estaba haciendo el favor de inmovilizarla. Aprovechó para acariciar nuevamente su rostro mientras observaba el resto de su cuerpo. Una vez más sus miradas hicieron contacto, y sin decir una sola palabra, él podía entender claramente que le pedía que la soltara y la dejara en paz; pero lejos estaba de querer hacerlo.

Shhh... no temas, preciosa... ya me tienes junto a ti como querías —le susurró cerca del oído.

Con un movimiento brusco le desgarró la blusa que traía dejando al descubierto su torso. Seguido de eso, le desabrochó el pantalón y la despojó de su prenda jalándola hacia abajo hasta dejarle las piernas totalmente descubiertas. ¿Acaso abusar de ella fue el propósito desde un inicio? Seguro es lo que ella pensaba en ese instante.

Su sádica mirada era tan impredecible que Clarissa no sabía cual iba a ser su siguiente movimiento. 

Sujetó con delicadeza el cuchillo que tenía y se lo fue pasando por toda su piel dejándole sentir lo frío que estaba el metal. Era una sensación que Clarissa nunca había experimentado. Estaba muy lejos de lo que ella pensaba pudo haber sido un encuentro íntimo con él. 

Una sonrisa apareció en su cara de Gustavo tras haber permanecido mucho rato con tanta seriedad. A punto se encontraba de ejecutar su macabro plan.

Cortó una mecha de su cabello de Clarisa y lo metió a uno de sus bolsillos pues lo quería como un recuerdo de aquel encuentro que se estaba dando, no sin antes aspirar el delicioso aroma que poseía.

Pronto se descubrió que lejos era su intención de violarla. Lo que en verdad quería iba más allá de un abuso a su persona.

Nuevamente sacó a relucir su instrumento de tortura y estaba por empezar a usarlo. Lo deslizó un poco por sus brazos; desde sus manos hasta su hombro. Mientras desplazaba el cuchillo, lo iba presionando más y más hasta que logró romper su piel. Sí, logró romper la piel en vez de cortarla ya que el chuchillo carecía de filo, por lo que penetrar la epidermis requería de mucho más esfuerzo y esto generaba mucho más dolor para ella y a la vez más placer para él.
Dentro de su mente retorcida y enferma, ver brotar los primeros rastros de sangre le causaba tanta alegría que su sed apenas estaba empezando a saciarse.
Las blancas y fantasmales piernas de Clarissa eran un exquisito afrodisiáco que no se podía perder. Se inclinó un poco para llegar a ellas y les dio un par de besos. Acarició sus muslos y sintió la firmeza de estos. No dudo ni un instante en clavar el chuchillo con todas sus fuerzas y de un sólo golpe.
Clarissa puso el cuerpo tan rígido como sus fuerzas se lo permitian para intentar calmar el dolor que esa salvajada le había causado. El esfuerzo fue en vano pues el sufrimiento era insoportable en esos instantes. Mientras más sentía como el cuchillo se desplazaba adentro de ella, más pensaba en su familia, y Gustavo, más desalmado parecía.

Tomó a Clarissa por el cuello y la apretó sin querer asfixiarla de inmediato. Aprovechó la confusión y comenzó a desgarrar su otra pierna. Esta vez lo hizo como si quisiera escarbar hasta llegar al hueso; y efectivamente así fue. La carne desflorada escurría por todos lados y las sábanas de la cama dejaron de ser blancas para empezar a tornarse en color vino tinto.

Comenzó a seguir esa práctica y perforó y cortó cada parte de su cuerpo que se le ocurría. Hizo cortes entre sus dedos de los pies. Le levantó varias uñas de las manos. Poco faltó para arrancarle una oreja. Talló la palabra "amor" en sus pechos. Le hizo una incisión en su ombligo. Retiró parte de la piel de la rodilla. Entre otras cosas que una persona sana no sería capaz de imaginar.

Lo único que no se atrevió a tocarle fue el rostro. Ese rostro angelical que tenía y que ahora no era más que un lienzo que reflejaba un rostro que pasaba por sufrimiento y dolor.
Clarissa poco a poco perdía más y más sangre y era obvio que en cualquier momento se iba a desvanecer, por lo que Gustavo lo tenía tan calculado que antes de eso debía terminar con ella.

Perforó su hombro hasta atravesarlo por completo. Al no poder gritar, su mente entró en colapso y tenía ligeras pérdidas de conocimiento. 

De pronto, Gustavo se aproximó a ella y lamió su mejilla muy pausadamente, recogiendo un poco de sangre que le había salpicado entre tanto corte. Aunque casi inconsciente  su sistema nervioso todavía funcionaba y detectaba algunas sensaciones, por lo que le causó demasiada repugnancia sentir que era lamida como un trozo de carne.

Gustavo pensó que ya era demasiado el estar jugando con ella así que se acercó a su oído y le dijo: "Mis promesas de sangre siempre las cumplo, querida...". Terminando de decir esa frase, apretó con todas su fuerzas el cuchillo y rebanó su cuello como si fuera un pastel de cumpleaños. 
La sangre se esparció por todos lados, incluso dejándole salpicaduras a él sobre su rostro y ropa.

El corazón de Clarissa dejó de latir por él, literalmente hablando. 

Ya sin pulso, sin brillo en los ojos, sin ilusiones y sin vida, Gustavo por fin dejó de molestarla. 

Se sentó en el piso apoyando la cabeza en el borde de la cama y viendo al techo como reflexionando sus actos. Miró su reloj y volvió a mirar el techo pero esta vez dejando escapar por toda la habitación el eco de unas risas sarcásticas. 

Pasados unos minutos se levantó y tomó su teléfono. Comenzó a escribir un mensaje de texto:

Cariño, pude resolver mi pendiente antes de lo planeado así que ya no tengo compromiso. Mañana mismo me regreso a Mérida y comenzamos a planear nuestro encuentro. Estoy ansioso por verte... 



FIN

05 julio 2013

Promesas de sangre. Cap. 2

Capítulo 2. El ocaso se aproxima.


Clarissa lucía espectacular con esa larga y extremadamente sedosa cabellera. Los rayos del sol lograban que su cabello brillara radiantemente unos preciosos tonos castaños mientras el viento soplaba y se lo agitaba ligeramente y de la manera más coqueta que uno se pudiera imaginar. Se sentaron en la banca de una pequeña plaza que estaba en su camino junto a una fuente que, a pesar de lucir muy vieja y maltratada, aún cumplía su función de derramar agua a través del cántaro que tenía por emblema, pero sobre todo, aún derramaba inspiración entre las parejas de enamorados que acudían y se detenían a contemplar tan sencillo pero bello y relajante acontecimiento sonoro del agua corriendo una y otra vez.
Tenían las mismas ganas de hablar que las de quedarse callados; una sensación tan confusa como la realidad que se envolvía en la fantasía que vivían en aquellos instantes. El señor de los globos; los niños jugando a correr como si fueran autos; las aves que bajaban de los cielos para ser alimentados por septuagenarios que acudían cada tarde a ese lugar; todo hacía perfecto tal escenario tan sentimental y poético que el adjetivo romántico se quedaba muy corto.
Clarissa no paraba de conversar de su trabajo, su familia, sus amigos, su vida. Él no paraba de observar con atención los detalles de su belleza. Sus labios lucían delgados, tersos y humectados; sus ojos grandes y muy redondos pestañeaban y parecía como si el tiempo fuera más lento y se midiera en micras de segundo. El poco y sutil maquillaje que lucía en la cara, así como la modesta y sencilla rudimentaria que traía, expresaba ser una mujer discreta, natural y humilde, pero sin pasar por alto lo mucho que en sí llamaba la atención; o al menos su atención de él.

La opinión que ella se había formado sobre Gustavo desde mucho antes, fue que él era un hombre que sabía escuchar atenta y cuidadosamente. Además, la tenía acostumbrada a que todo lo que le tuviera que decir era importante para él. Gustavo no estaba de mal ver tampoco. Siendo un hombre que no se caracterizaba por ser del todo bien parecido, en sus rasgos traía algo que a algunas chicas les llamaba la atención. Quizá los rasgados que se le volvían los ojos al reír; o el reflejo de unos matices color café en el iris de los mismos. A lo mejor causaba interés con su peculiar forma de cruzar la pierna cuando más relajado se encontraba al platicar. 
Ambos se atraían de una forma u otra. Y los dos se daban cuenta de ello.

Algunas estrellas comenzaban a aparecer en el denso y rojizo tono del firmamento con toda la intención de brillar hasta que amaneciera al día siguiente como lo venían haciendo desde el primer día de la creación. Los pájaros de alrededor volaban de árbol en árbol para ir a casa a descansar. Las personas que comenzaban a dejar sus trabajos hacían lo mismo y para ello recorrían la colonial plaza en donde ellos se encontraban para llegar a sus hogares.
Para que nada de eso se quedara en el olvido, comenzaron a tomarse fotos en todas las poses que pudieran imaginarse. Las personas que pasaban por ahí se convertían en fotógrafos improvisados y capturaban a la pareja en retratos que más tarde planeaban imprimir. Y aunque lo que sentían no se podía capturar en una imagen o el papel, definitivamente era algo que no iba a poder desvanecerse de sus mentes tan fácilmente.

Clarissa sugirió ir a su casa para presentarle a sus papás, a lo que Gustavo asentó gustosamente.

—¡Vamos a mi casa para que te presente a mi familia! 
—¡Seguro, pensé que no lo dirías! Pero antes, ¿podríamos ir al hotel para que me cambie de ropa?

Más tarde, después de registrarse y que le asignaran habitación tras resolver un pequeño malentendido con la reservación, ambos se encontraban acostados en la cama platicando de lo rápido que se les había hecho el día. 

—¿Sabes? Todavía no me creo que ya estás aquí... —le dijo Clarissa a Gustavo mientras en sus ojos reflejaban la delicada y tenue luz que iluminaba la habitación—. Tengo una enorme sensación dentro del pecho que no sé como sacarme y expresar. Es decir, estoy muy feliz por verte y que hayas podido estar aquí conmigo, de eso no me cabe la menor duda; pero creo que aún me falta sacar algo más de mi interior para demostrarte todo lo que me haces sentir. Durante mucho tiempo pasó que esperaba el final del día sólo para que llegara el momento de ir a la cama y aguardaba a que te conectaras para que pudiéramos platicar. Esperar para que nos viéramos y nos contáramos todo. Tú sabes muy bien que hablo en serio. Y hoy, ahora mismo, estás junto a mí. Estás tan cerca que inclusive puedo respirar tu olor. Basta estirar mi mano para tocarte y sentirte una realidad. Todas estas sensaciones de tenerte conmigo son hermosas, pero... algo no me llena. Quizá sea el hecho de que sé que en dos días te regresas y todo será como antes. Que volveré a extrañarte y que ahora, luego de haberte conocido, me harás mucha más falta de la que ya me hacías.

Más explícita no pudo haber sido Clarissa esa noche que confesaba lo que en su mente rondaba. Un poco confundida por la carambola de emociones que traía, pero sin duda muy feliz de tenerlo con ella.

—No suelo prometer muchas cosas porque con el paso del tiempo he aprendido que las circunstancias en ocasiones me han hecho quedar mal y por ello evito hacerlo. Pero esto era algo más que una promesa. Era una necesidad el venir hasta aquí y conocer a la persona quien había acaparado todos mis pensamientos desde hace unos meses. Tenía que venir y comprobar que lo que me has hecho sentir hasta ahora no es algo que se tome a la ligera. Y sí, definitivamente es triste pensar que no va a durar mucho esto y me tendré que regresar, implicando así una separación. Una muy difícil separación... Pero no veamos eso ahora, por el contrario, vamos a aprovechar que nos tenemos y vamos a hacer que esta unión pese a lo temporal, sea motivo de ser recordada por años. 

Gustavo, quien también se estaba externando en ese instante, lo hizo de tal manera que Clarissa, tras escuchar tales palabras emotivas, no pudo contener las lágrimas que rebosaban de sus ojos llenos de ilusión por todo lo que significaba para ella.
Tan bello el momento como inoportuno el mensaje que Gustavo recibió en su teléfono. 

—Disculpa, olvidé que debo contestar algo —dijo para justificar la interrupción de la plática que tenían. 

Se levantó de la cama y tomó su teléfono para leer lo que le habían enviado. Mientras respondía rápidamente, lo hacía sonriendo: "Ha sido un día muy ocupado y cansado. De hecho aún no termino. Espero estar libre en un par de horas para poder llamarte. Sólo quiero decirte que te extraño mucho". 
Metió su teléfono al bolsillo del pantalón y se quedó pensativo por unos segundos. Se acomodó un poco el cabello con la mano y le recordó a Clarissa que sería mejor si se apuraban para que lo lleve a conocer a sus papás. Este se acercó hasta donde ella se encontraba y le acarició el rostro muy tiernamente mientras le despejaba el cabello que ocultaban sus bellos y un poco llorosos ojos. Le pidió que se sentara en el borde de la cama y entonces la sorprendió con un beso. Sus labios se friccionaron despidiendo chispas de sensaciones en el estómago. Las piernas les titiriteaban como si fuese invierno. La piel de los brazos se les encogía y arrugaba poquito. El sabor a gloria y deseo se hizo presente y se sentía como una ligera y repentina muerte que al mismo tiempo los hacía revivir en forma cíclica en cada movimiento de sus labios. Los latidos de sus corazones se sincronizaban el uno con el otro al ritmo del sonido del silencio que les acompañaba. Era un beso muy tierno y tímido, que para ser el primero, estaba siendo más que perfecto. Al despegarse, un pequeño chasquido salió de sus bocas cerrando así el momento cariñoso.

Los dos se miraron a los ojos y se sonrieron tímidamente. Ella se llevó el cabello por detrás de la orejas y él dibujaba en la alfombra diminutos círculos con la punta del pie. No había mucho que decir después de tal experiencia. Él se levantó de la cama, tomó su maleta y se dirigió al baño para cambiarse. 

—No tardo nada y ya nos vamos.
—Sí, está bien...

Cuando el cerró la puerta del baño, Clarissa se dejó caer de espaldas en la cama y se llevó las manos al pecho sintiendo como su órgano vital estaba por explotar. La sonrisa que habitaba en su rostro no podía ser más que justificada. Cerró sus ojos mientras recordaba los previos momentos que acababan de acontecer mientras se mordía sus labios.

Dentro del baño, Gustavo cambió completamente la semblante, su sonrísa se había fugado y en su lugar quedó una total y abrumadora seriedad. Se miraba fijamente en el espejo sin siquiera parpadear un segundo; como si estuviera reflexionando algo. Rompió la concentración, bajó la vista hacia su maleta y la abrió. En el interior no había más que una sola muda de ropa la cual obviamente no era suficiente para los supuestos tres días que estaría en la ciudad.


Continuará...