12 marzo 2014

Una de limones


Anoche salí a cenar con mi novia a un restaurante donde había estado deseando asistir desde hace algún tiempo. No celebrábamos nada en particular, simplemente nos dábamos el gusto de convivir en una noche tan agradable como lo fue la de ayer. 
Justo cuando estábamos a punto de ordenar, una pareja que recién llegaba se sentó junto a la mesa de al lado. No hubiera sido algo relevante de no ser por lo que a continuación les voy a relatar.
Mientras nuestro mesero nos preguntaba por las bebidas que queríamos ordenar, el caballero de junto nos observaba atentamente. Él vestía un traje color gris y una corbata roja bastante llamativa; su muñeca era adornada por un reloj plateado que brillaba bastante con las luces del restaurante; y también poseía un par de anillos de oro que reflejaban ser de bastantes quilates. El hombre tenía una clara pinta de ser un empresario muy importante. Su acompañante tampoco pasaba desapercibida, pues el collar de perlas que portaba era tan blanco como el recubrimiento de las teclas de un piano, y junto con su hermoso vestido rojo de tipo chanel, la hacían lucir bastante atractiva y de muy buena posición económica. 

No le di mayor importancia y seguí en lo mío. Lo nuestro. Sin embargo, justo en el preciso momento cuando yo pedía un par de refrescos rellenables para calmarme la sed que traía y mientras decidía que sería nuestra cena, el sujeto de al lado tocó por el brazo a la persona que me atendía e interrumpió mi orden abruptamente solicitando la mejor botella de vino de la casa para su mesa. No conforme con su acto de presunción, el tipo me vio a los ojos como si de alguna manera intentara demostrar su superioridad y soberbia. 

Por supuesto que no iba a permitir que un fulano cualquiera, por muy influyente que se sintiera, intentara ridiculizarme con semejante comportamiento, por lo que le informé al mesero que acababa de cambiar de opinión con respecto a mí bebida. Este, al preguntarme nuevamente qué es lo que ahora deseaba para tomar, yo, con tal seguridad, le ordené: tráigame una jarra de limonada... ¡ah!, y que sea limón con semilla, del verde, por favor...

No solo mi novia, el mesero, la pareja de junto, y los comensales de las mesas de los alrededores, sino que más de la mitad del restaurante, quienes alcanzaron a escuchar lo que ordené, quedaron totalmente atónitos a mi petición; de pronto, por un breve instante, un silencio se apoderó del lugar. 
El joven que me atendía preguntó si estaba seguro de lo que estaba pidiendo. Nuevamente, con total convicción, le dije que sí. 
 No me van a creer, pero cuando el mesero se retiraba, un grupo de personas comenzó a aplaudirme, a lo que poco a poco otras más se les unieron. La verdad me dio pena ser el centro de atención en ese instante pero no me quedó más que sonreír ligeramente como muestra de agradecimiento. 
El tipo engreído bajó su mirada en señal de derrota, y su acompañante lo veía con ojos de absoluto desprecio por no atreverse a imitar mi petición. Mi chica en cambio, aún sorprendida por mi atrevimiento, no paraba de sonreírme y sentirse plena por estar conmigo en esos momentos.
Sabía que en ese instante le estaba diciendo adiós a todo un año de ahorros; o quizá más; pero al menos mi autoestima y mi ego habían salido triunfantes y por ello todo había valido la pena.